Mayo Francés ¿un tiempo en que fuimos libres?

A 50 años del acontecimiento parisino que cambió al mundo, analizamos en esta nota cómo el impacto de los virajes culturales llegaron aquí.

 

Todo empieza cuando estalla la cultura. No importa si el disparador es el dólar, los salarios, las reinvindicaciones obreras, el acuerdo político de unos, de otros.

Todo: lo que somos, lo que pensamos, cómo accionamos, qué creemos y qué no. Todo es cultura. Y en aquel mayo de 1968 las calles de París lo dejaron claro; una vez más -antes fue con la Revolución Francesa- y para todo el mundo.

El 1968 francés fue, como el de 1789, un quiebre paradigmático de la cultura occidental: las sociedades pudieron empezar a pensarse distintas.

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“Fueron impresionantes las convergencias entre las diferentes revueltas”, contó el sociólogo argentino Saúl Karsz que por esos días era ayudante de trabajos prácticos en la Sorbona. También París fue en “ese mes” un momento de diálogo, polémica e intercambios que modificarían la mirada del mundo del continente europeo y del nuestro.

Afiches tapando las calles Mouffetard, Champs Elysees, Saint Michel. La foto del Che como estandarte en todas las facultades, el librito rojo de Mao vendiéndose en los kioscos. Sí: París -y con ella el mundo- era un clima de “efervescencias múltiples”, acotó Karsz. En esas efervescencias Woodstack, Andy Wharhol y esa última vanguardia artística configurarían los decenios por venir hasta la globalización.

La época en que fuimos hippies

En París las ágoras populares se multiplicaron durante ese año neurálgico: tenían como centro a la Sorbona y al teatro del Odeón, ocupados por asambleas políticas, culturales y artísticas. “No se podía no ir, sentíamos que estábamos construyendo la historia”, explicó Karsz.

Y sí; lo estaban haciendo, tal y como hoy nosotros, en este 50° aniversario del Mayo Francés también lo hacemos: terminando de desintegrar sus conceptos para subirnos a la ola de los hombres-consumo, del poderío de los robots, de las fobias y las miradas únicas.

Pero volvamos a aquellos tiempos en que “fue hermoso. Y fui libre de verdad”, dice la divina canción de Sui Generis seis años posterior a la fecha que reseñamos.

La Argentina, claro, no estaba aislada del panorama mundial que afiebraba los ánimos y destapaba revoluciones sexuales, étnicas y de clase.

Pero aquí, a diferencia de Francia, reinaba el régimen militar de Onganía (inició en 1966). Así las cosas, la proeza cultural debía cobrar otra fisonomía muy diferente.

Para suerte de nuestra propia vanguardia artística, en ese 1968 Marta Minujín vivía en Nueva York donde el hippisimo hacía el amor y no la guerra.

Ella había presentado la célebre instalación “La Menesunda”, que llegó para revolucionar las miradas porteñas en el caldo de cultivo tan rico y profundo del Instituto Di Tella (que a comienzos de los ‘70, acorralado por la dictadura, comenzó su extinción).

Sin embargo aún hoy lo recordamos, porque de ese ámbito y sus Centros de Investigación salieron las ideas plásticas, visuales, poéticas, musicales, cinematográficas y teatrales que marcaron a Latinoamérica.

Ahí, también, se armó gran parte de la espesura de la intelectualidad contemporánea del continente. “El área de influencia del Di Tella, se notaba por el sutil aumento del largo de los cabellos masculinos y la proliferación de todo tipo de vestimentas más o menos estrafalarias. El cambio era tan notable que uno pensaba que podría encontrar a John Lennon o Mick Jagger tomando un refresco”, cuenta sobre la postal nacional que se tiñó del Mayo Francés el rockero Claudio Gabis.

Fue este espacio y sus aledaños el que permitió a los jóvenes encontrar, a pesar de la aridez autoritaria de Estado,  dónde jugar a ser exuberantes. Allí se fraguaron las semillas del teatro independiente (Carlos Gorostiza, Tito Cosa; entre más).

Fue el tiempo de hilar en cofradías festivaleras las magistrales composiciones de jóvenes autores argentinos. Vimos, en aquel entonces, crecer a nuestro Armando Tejada Gómez, a la Voz de Latinoamérica que fue Mercedes. Y seguimos: Carlos Alonso, Julio Le Parc, Luis Felipe Noé; y más.

Fue el Mayo Francés, sí. Pero no fue Francia, sino todo Occidente, que desempolvó las frustraciones de la muerte y la destrucción e intentó buscar un nuevo orden en el cual fluir deseante. Nada es para siempre. Y llegó la posmodernidad para decirnos que la esperanza colectiva era solo un juego de niños. Habrá que resistir porque del juego es que surge la poesía y la vida.

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