1917, de Sam Mendes

Un ejercicio de estilo y virtuosismo técnico impecables; tanto en el montaje, como en la fotografía, como en la decisión narrativa de los planos; pero que no tiene nada sustancial para contarnos.

El cine es mucho más que planos o, mejor dicho, los planos siempre tienen que estar en función de lo que se quiere narrar.

El lenguaje cinematográfico se compone, en el aspecto significante del signo, de tres elementos: visuales, sonoros y textuales (nos referimos a los textos que se ven sobre la imagen, incluidos hasta los subtítulos, intertítulos, apartados, carteles explicativos, etc). Pero en él, como en todo lenguaje, el signo remite siempre a una “cosa” que es el contenido.

Y en “1917”, Sam Mendes pone a la forma (el significante de su signo) por sobre el contenido. Así, los actantes (los que hacen progresar y articulan y se relacionan en la narración) de su guión no tienen ni fuerza, ni espesura, no están en relación excluyente con otros, ni tienen casi razón de existir (podrían ser otros y nada cambiaría).

El resultado de este avasallamiento de la forma es que la película se convierte en una experiencia de videojuego (seguimos al soldadito mientras “hace cosas” en el campo de batalla) muy entretenida, muy bien pensada en su puesta, pero nada más.

Solo una experiencia perceptiva. Y el cine, como todo lenguaje también, es percepción puesta en acción para generarnos un discurso.