Crónicas sobre el coronavirus: lista para la batalla

Mendoza. 5 de abril. Día 17 de aislamiento D.V.

Hoy es día franco. Amaneció medio nublado. Me apenó; pero el sol se impuso al rato y colaboró con el buen ánimo.

Mate, diarios -pocos, porque estoy de franco-; un buen artículo de Página 12 donde una científica explica que el virus ha venido para quedarse y toma varias formas: gripe aviar, porcina, Sars, Mers y otros nombres que no recuerdo.

La idea general es: si no dejamos de inyectar porquerías en los animales y las plantas que “fabricamos”, los virus seguirán naciendo, mutando. Ahí surgen, dice la científica. Ahí, en ese delirio humano por hacer “más perfecto” un pollo o un tomate para sacarle mejor precio.
Pienso en “El eternauta”, en “Los mutantes de X-Men”, de nuevo en Orwell y con mucha más fruición en “La peste”, de Albert Camus. Al fin y al cabo, el arte es un reflejo de la realidad, aún en las distopías.

Pienso. Ese virus, el de la codicia que todo lo contamina, viene gestándose desde el descubrimiento de América; sólo que hemos encontrado buenas excusas para ocultarlo. Hasta ahora, en que el virus ha puesto todo en evidencia y nos avisa que va a nockearnos.

Como sea, el sol brilla, el día es plácido y yo estoy de franco. Puse en Youtube la clase de yoga de Malova (les dije que es una genia, ¿no?: insisto); me contacté con una de esas personas que han vuelto a mi historia durante la pandemia. Es todo tan raro: como si hubiese cerrado una vida y abierto otra.

He notado, además, que las rutinas inventadas en el aislamiento para no enloquecer se han convertido en obligación diaria; como esta crónica que escribo cada día.

Primero empezó como un experimento, un chiste. Después se volvió necesidad de “estar” otros que, como yo, transitan el encierro. Ahora es casi una obsesión. Deformidades de la vida cotidiana que trae el virus. Gérmenes que se reproducen y crecen.

Hoy aprendí a hacer barbijos caseros. Es facilísimo y mucho más barato. Todavía no me habitúo a la idea de que tendré que usarlo, pero sé que viene el momento.

Mientras lo hacía, me acordé de todos los videos en los que vi a los médicos italianos, españoles, franceses, llorando como niños. Desesperados, suplicando. Me acordé de ese en que está la médica china en la puerta del hospital hablando con su hija. Desgarrador. Cuánto pánico siembran las pantallas, en dosis terapéuticas, cada día.

Me acordé, de pronto, que una amiga querida trabaja en uno de los hospitales mendocinos que recibirá a los infectados. Conmovida por estas imágenes que habitan la mente en el ocio raro en que estoy, la llamé.

Ella es una mujer hermosa en todos los sentidos. Siempre le digo que es igual a Natalie Portman, porque es igual. Pero además, es fuerte, sensible, humana, valiente, ejecutiva, justa y por eso mismo: implacable. Todas condiciones que me parecen ideales para alguien que se dedica a lidiar con la vida y la muerte de otros, a los que no conoce.

Hablar con ella no fue como esperaba. No me devolvió la imagen de los médicos sollozando y desbordados de Italia o España sino otra, distinta. Una fase previa, un rostro diferente de esta lucha.

Hoy, también, escuchaba a un especialista español en la tv. Hablaba de “trinchera” para referirse al hospital; “tropa”, en relación al grupo que comanda; “guardia” en otra dimensión diferente de la sala de emergencias.

Al hablar con mi amiga entendí el sentido total de lo que decía ese español: hablaba en términos bélicos, para referirse al virus y su trabajo, porque de eso se trata.

“Nuestros ejércitos son las personas que trabajan en la salud”, pensé. Esta es una guerra. Una guerra que avanza muda, ladina, sigilosa; que se agazapa vaya a saber en qué cuartel: un pollo, un murciélago, una baranda del súper, un billete del vuelto.

Mi amiga está en ese instante previo a la batalla: el momento de la espera. La eternidad de la espera. Se sabe que va a haber un bombardeo, pero no cuándo ni dónde. Estado de alerta. Suspendido, el cuerpo y la mente; respirando sin ruido para no delatarse ante el enemigo.
“Nuestro hospital está preparándose. Se atienden las urgencias y lo que requiere tratamiento específico, el resto se suspendió. El hospital dejó de funcionar normalmente. Esto es algo nuevo para todos. Estamos esperando a que llegue”.

Ese “estamos esperando a que llegue” me genera un estado de zozobra absoluta. Y yo, tan despreocupada en mi clase yoga virtual con Malova, mientras un ejército a diez cuadras de mi casa se prepara, como puede, con lo que tiene y lo que no -somos una provincia de un país del tercer mundo-, para enfrentar a este enemigo que no conocemos.

Mi amiga habla de ansiedad, de angustia, de sensación de caos. “Si ellos no estaban preparados para ese desborde -los italianos, los españoles…-, nosotros mucho menos”, dice. Se la escucha tranquila, pero la conozco. “Las medidas que se han tomado han sido buenas… Pero… veníamos con muchas cosas atadas con alambre, y con las que ahora ya no se puede hacer nada. En la medicina, dos más dos, no es cuatro. Yo espero que no pase a mayores. Y si pasa, que sea rápido; porque estar así es más tortuoso que en el hospital, sin dormir, atendiendo gente”. Se siente en su tono esa idea del cuerpo alerta, esperando el golpe.

“Todos sabemos, en el hospital, que nos vamos a contagiar y que vamos a tener que seguir trabajando igual. Estamos resignados a eso y haremos lo que nos toque hacer. Acá estamos: vamos, y lo damos todo”, anuncia con fiereza.

Ella también, sin darse cuenta, habla como un soldado. Habla desde la trinchera, con su fusil en la mano, esperando al bicho infame para hacerle frente. “A mí lo que me alarma es que aquí -en el hospital- los que saben más, están esperando que se complique todo”, concluye.

Vuelvo a preparar el barbijo que, ahora sé más que nunca, será el escudo que me toca. Tiene que ser eficiente, práctico y efectivo para frenar al virus, al menos por un rato.

“Qué locura estamos viviendo”, pienso. “Cómo le haría frente Gandhi a este monstruo inasible”, me pregunto. ¿La resignación? Esa palabra ha estado rondando mis días, en esta última semana de aislamiento. Algún sentido debe tener.

Corro a buscar el libro de Camus, “La peste”. Lo leí hace muchos años y siento que en él algo explica lo que vivo en este momento: después de escuchar a mi amiga y su operativo discurso de soldado.

Leo: “una de las consecuencias más notables de la clausura de las puertas fue, en efecto, la súbita separación en que quedaron algunos seres que no estaban preparados para ello. Madres e hijos, esposos, amantes que habían creído aceptar días antes una separación temporal,… sumidos en la estúpida confianza humana… En realidad, fueron necesarios muchos días para que nos diésemos cuenta de que nos encontrábamos en una situación sin compromisos posibles y que las palabras ‘transigir’, favor, ‘excepción’ ya no tenían sentido”.

Suspiro largo. Mi amiga cree en esas palabras. Con ellas va a enfrentar la enfermedad y la muerte.
Este es el momento en que nos encontramos, en medio de la peste. En situación de espera pero en roles diferentes: mi amiga será la que me salve cuando el virus llegue. Por ahora, las dos estamos al acecho. Separadas pero unidas por un monstruo común que avanza, impiadoso.